La Alhambra, ciudad de reyes, se alza altiva sobre el cerro de la Sabika, rodeada de álamos, olmos, avellanos y castaños. A uno de sus lados el Darro, al otro el Genil y a sus espaldas e imperiosa, Sierra Nevada. Y ella, sublime, impone su respeto y su elegancia nazarí. Siempre despierta y vigilante, enamoró a los Reyes Católicos, al Emperador Carlos V y hasta al mismísimo Washington Irving que imaginó leyendas moras ocultas bajo sus mocárabes.
Fortaleza rojiza, que sufrió el abandono en el siglo XIII y fue reducida casi a los escombros tras la invasión Francesa. Reviviste de las cenizas de tu fama. Recuperaste el asombro y la luz que tuviste en tiempos de los reinos nazaríes, deleitando los rostros de todos los que te contemplamos. Volvieron a ti las historias crueles que se produjeron en tus bellos patios, los curiosos viajantes, los aventureros, que como yo, imaginaban leyendas morunas de amores y traiciones, secretos, venganzas y conspiraciones. Volvieron a ti los poetas, los emires, las bailarinas y los sultanes.




